< Barcelona, Mayo 2007 >
En mitad de un pequeño lago en una casa de madera en la que tan solo había el espacio necesario para dormir, meditar y cocinar humildemente el arroz y el te. Vivían Ken Yo y su maestro. Ken Yo era una joven que quería encontrarse. Cada tarde salía con la barca y su cuaderno a estar en contacto con la naturaleza. Se montaba y comenzaba su paseo hacia la esencia del bosque. El lago estaba rodeado de árboles, todo el camino que recorría estaba lleno de árboles. Comenzaba con un remo a romper el agua muy lentamente, iba avanzando hacia el costado del lago allí se estrechaba y daba lugar a un riachuelo de agua marrón, era estrecho y los árboles se comían parte del cielo del recorrido. En cuanto el lago se estrechaba Ken Yo guardaba el remo y se dejaba empujar hacia el interior del bosque fluyendo a través de la suave corriente.
- El camino era muy lento. Ken Yo estaba atenta, abierta a todo, se quedaba quieta mirando intentando sentir la esencia de aquella naturaleza. Se tumbaba en la barca y miraba hacia el cielo la mayoría de veces cubierto por ramas de árboles vestidos de otoño, en esa postura se concentraba con los sonidos, escuchaba los pájaros, diferentes cantos, de machos y de hembras. Si se concentraba mucho podía sentir una música de fondo compuesta de varios sonidos, se distinguían percusiones como si ramas entre sí se golpearan, se oía un grave de fondo. Volvía a incorporarse, miraba a un lado a través de los árboles como se colaba la luz entre tronco y tronco, entre hoja y hoja aquella visión le fascinaba, y veía como la espesura del bosque se abría a lo lejos, debía haber un camino, observaba el suelo cubierto con un manto de naranjas y amarillos, miraba cada árbol uno por uno llegando a reconocer rasgos diferentes en todos ellos. Ken Yo estaba abierta a cualquier novedad, a veces se imaginaba que los espíritus del bosque la acompañarían a lo largo del camino y entrarían en contacto con ella, se esperaba visiones, apariciones, aunque sabía que no debía esperar ninguna sorpresa. Ella salía a aprender de ella misma, a entender y sentir el bosque a comunicarse con él, a comunicarse con ella misma. Había momentos en los que el tiempo no existía, cada instante era único y había una continuidad que le otorgaba la libertad de su espíritu. .
Aquella tarde había salido con su cuaderno cuadrado, un pincel y tinta negra. Sentada de piernas cruzadas con el cuaderno sobre las rodillas trazaba líneas, captaba instantes que convertía en gestos de pincel sobre el papel. Terminaba uno, lo arrancaba y lo tiraba al río, una vez en el río quedaban en la superficie borrándose poco a poco en contacto con el agua. Volvía a alzar la vista y otra nueva sensación era plasmada en negro, lo arrancaba y lo dejaba ir al río. Llegó a dejar un rastro tras su paso de hojas flotando en el río intentando resistir.
Era un juego cíclico lo que captaba de fuera lo expresaba y lo retornaba al lugar de donde venían aquellas impresiones.
Cuando la luz comenzaba a volverse azulada era tiempo de regresar. Algunos papeles seguían flotando, los miraba y se sonreía.
Llegó a la casita, el maestro la esperaba sentado inquebrantablemente. Ella le dijo vuelvo vacía. El maestro la acompañó hacia el borde de la plataforma de madera se sentaron y con la mano por detrás de su espalda la inclinó hasta que sus rostros se reflejaron en el agua y le preguntó: ¿ qué ves?. Ken Yo miró su reflejo y respondió: mitad. Entonces el maestro tiró tinta en el agua de manera que quedó la mitad del reflejo de Ken Yo teñido de negro.
Los dos entraron en la casa y Ken Yo se sentó a meditar.